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VIDA COTIDIANA 

¿Soy un bicho raro si no me gustan los animales?

Hoy os quiero contar mi relación con los animales. No soy un monstruo que viste pieles a lo Cruella de Vil, ni tampoco voy a ver los toros cada tarde, pero la verdad es que no acabo de ser yo muy fan.

Recuerdo que una vez, supongo que engañada, fuí al zoo. La ilusión de todo niño. Me hicieron pasar por un sitio donde había como diecisiete ovejas campando a sus anchas. La gente las acariciaba, mientras yo, con cara de confusión y pánico, intentaba encontrar la salida más próxima.

Quería ir deprisa, pasar desapercibida, y si por un casual alguna de ellas se daba cuenta de mi presencia, quería que entendiera que yo estaba allí en contra de mi voluntad, y que para nada iba yo con intención de invadir su precioso y limpio espacio.

Cuando estuve a salvo, después de cruzar la reja que las tenía apartadas, saqué mi bocadillo para desayunar tranquila y poder recuperarme del trauma. Entonces, cuando hice el primer mordisco, un pavo real pasó corriendo a dos centímetros de mi. Me quedé pálida durante diez minutos. Ahí me di cuenta que los animales me daban un poco de miedo.

¿Oye, y los perros te gustan? Pues mira, si entendemos por gustar, que cuando vienen hacía mi quiero correr en dirección contraria, entonces sí, entonces me encantan.

Pero no os preocupéis, porqué entre ellos y yo hay muy buena conexión. Si tienen que venir a ladrar a alguna de las quince personas que estamos en una terraza, se acercarán a la única persona que tiene un cartel en la cara que dice “no, porfavor, aquí no”. Esto es a lo que yo llamo feeling.

En estos casos, supongo que al verme de pie encima de la silla, el dueño del perro suele venir a soltarme la maravillosa frase de “tranquila, no hace nada”.

Pues mira, hacer me parece que sí que hace algo. Por ejemplo provocar la sonrisa falsa que se me ha puesto por fingir que estoy ultracómoda con el acercamiento.

Después, por otro lado, están los gatos. Éstos me gustan más porqué pasan absolutamente de mi cara. Es el pacto que tenemos. Yo los ignoro a ellos y ellos me ignoran a mi.

Una vez, de pequeña, me obligué a acercarme a uno a hacerle caricias. Todo el mundo los adoraba: por qué yo tenía que ser diferente? Él reaccionó mirándome fatal y arañándome el brazo. Muy desagradecido, la verdad. Así que allí finiquité mi relación con los felinos.

Luego están los caballos. Suerte que no soy rica y no tengo que fingir que mi afición favorita es hacer de amazona, porqué lo pasaría realmente mal. Pero en alguna excursión del cole he tenido que pringar haciendo ver que me gustaba cabalgar.

En una de ellas, el monitor preguntó si había alguien al que le dieran un poco de respeto estos animales, para que así pudiera ser el primero en montarlos.

No sé que pretendía exactamente ese señor, pero si pensaba que yo iba a levantar la mano para ofrecerme iba claro: Oh sí, por favor, yo! Quiero ser la primera en hacer algo que odio!

Y en un giro de los acontecimientos, siguiendo con mi racha, me escogió a mi para empezar. Supongo que el hombre debió ver mi cara de “prefiero ir andando, gracias” y me subió a la yegua mas tranquila. Todo un detalle.

Se llamaba Gala, iba muy lenta y se lo agradecí bastante, pero durante el eterno paseo que hicimos, tuve la sensación constante de que en cualquier momento podía volverse loca y salir corriendo conmigo encima. No pasó nada, pero fuí bastante feliz cuando acabó la excursión.

Después está el tema de los peces. Un día haciendo el pino debajo del agua con las gafas de bucear, vi a uno delante de mis morros. Salí corriendo del agua gritando como una loca. Supongo que no tenía asumido que en el mar también había sitio para ellos. Muy loco todo.

Y qué opináis de los mosquitos? De verdad, qué horror más grande. Se pueden considerar animales, estas bestias que me inyectan pelotas de tenis en cada picadura que me hacen? Un día tenía una en cada gemelo y estaba deseando que me amputaran las piernas. Parecía un futbolista con problemas graves de circulación.

En fin. Y quiero terminar hablando de los animales que me dan más pánico del mundo: los pájaros. Creo que les tengo hasta un poco de fobia.

Mi película de terror favorita lleva el nombre de estos pequeños monstruos. El sonido del movimiento de sus alas me revuelve el estómago, pero el momento que considero más aterrador de todos, es cuando se encuentran quietos sin hacer, aparentemente, nada, ya que es cuando estan preparados para atacar.

Lo mejor de todo es que encima tengo que convivir con ellos. Y aquí es donde entran en escena mis grandes amigas las palomas.

Exactamente, por qué existen? Lo siento eh, pero es que a parte de poder volar y andar por donde yo paso, también se les ha dado el derecho de hacer sus necesidades por donde les plazca: En un banco, en un columpio, en un coche, en mi pelo… De verdad, pensemos en ello. Vamos a aceptar esta dictadura palomil?

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