You are here
MÚSICA 

Melendi, el coach que quiero de marido

Melendi llegó a nuestras vidas cantando sobre cómo traficar con drogas y haciendo metáforas sexuales con el mar y los peces. Llevaba rastas e iba con las pintas del yerno que ninguna madre habría querido para su hija. En cambio, era el novio malote soñado por cualquier chica adolescente que se sintiera atraída por lo más malo del barrio.

A esa edad, yo era una pringada que hacía esfuerzos por descubrir las medidas exactas de los cubatas, y me creía alguien en la vida sabiendo cuatro acordes con la guitarra. Mi edad del pavo estaba en un punto álgido y me encontraba abrumada por el puntito macarra que caracterizaba los chicos rebeldes. Por eso no fue extraño que alguien apodado “el Milindri” provocara en mi un flechazo. Además, me sentía identificada con las letras dedicadas a mujeres de ojos verdes, y me creía una de sus posibles musas.

Para el segundo disco se cortó el pelo dejándose solamente cuatro rastas largas. Con eso demostró su madurez de quinqui adulto, mientras yo, que de adulta tenía poco, escuchaba de su voz que fumar mataba, pero que también mataban mis besos.

Sus canciones ya no hablaban solamente de porros, si no que el muchacho también se preocupaba por el hambre en el mundo, y por los novios abandonados en el altar.

Mientras no cueste trabajo fue el nombre de su tercer disco y el plan de vida estudiantil que yo llevaba en ese momento. En vez de estar por lo que tenía que estar, ese año entré en bucle con la canción de los volantes, donde Melendi pedía que no quería que volvieras a verle desnudo. Ya sabéis, típica frase que necesita escuchar una mala estudiante para concentrarse.

En 2008 sacó un disco en el que aparecía sentado en una mesa cenando, simulando ser la primera visita a casa de los suegros. Siempre pensé que quedaría muy guapo en el comedor de mis padres. Y es que, aunque parezca un macarra, es todo un sentimental.

Tenía temazos como los de antaño que trataban sobre cosas malas para la salud, pero también componía sobre crítica social y nos deleitaba con canciones de amor. De esas que me hacían soltarme la melena y descamisarme histérica cuando, sin venir a cuento, sonaban de repente en una discoteca, en esas noches de amor de garrafón.

Y un buen día volvió a salir en la tele, donde descubrí que se había convertido en un treintañero buenorro y que encima sabía hablar bien. Me planteé varias veces presentarme al concurso, solamente para cantarle la canción sentada encima de sus piernas, y pulsar yo el botón para llevármelo a mi casa. Y es que yo quiero ser su guerra todas las noches, y su tregua cada mañana.

En los siguientes años tuvo varios problemas para escoger un look para el pelo, pero exceptuando la arriesgada decisión de los rizos, me gustaron todos. Igual que las nuevas canciones, en las que hablaba de lo difícil que era el amor, cuando la persona en cuestión no sabe que existes. Y sí, Melendi, es durísmo: Es fatal verte con camisetas abiertas enseñando los tatuajes, y no poder decirte que han pasado ya diez años, y que si a los 15 te quería de novio malote, ahora a los 27 te quiero de marido.

Related posts

Leave a Comment